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Crónica de Marbella

Enrique Vega tuvo la fortuna de asistir el pasado domingo a la corrida de toros que se celebró en la localidad malagueña de Marbella, en la que Curro Díaz cortó un total de tres orejas, y nos envía la crónica de lo que allí sucedió.

"Tarde calurosa en Marbella, aunque con buen ambiente en la plaza de toros en los prolegómenos de la corrida. En la entrada principal de la plaza hay una estatua en homenaje a Manolo González, padre del actual apoderado de Curro Díaz. Apenas media entrada de aforo (casi llena la sombra, casi vacío el sol).

Curro, vestido de azul pálido y oro, fue el primero en salir al ruedo, el primero en recibir la ovación del público y el único espada de la terna en hacer el paseíllo desmonterado. Tras diecisiete años de alternativa nunca había actuado en Marbella como matador.

El recibo de capote al primero de su lote, noble y bien presentado, no pudo ser lucido. El toro se revolvía nada más salir del embroque y no le daba tiempo al torero a colocarse para dar el siguiente. Sólo destacó una verónica por el pitón derecho y la media con que remató la briega. Al llevar el toro al caballo pudo lucirse dando varios lances de gran calidad. En el tercio de banderillas tuvo que salir a hacer el quite a cuerpo limpio a su banderillero Javier Crespo. En la barrera del burladero de matadores se encontraba el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, Curro pudo haber brindado la muerte de su primer toro a tan ilustre espectador, sin embargo, siendo su primera actuación en la plaza de toros de Marbella, optó por brindar al público, extendiéndolo así a todos los que nos encontrábamos en la plaza. Mientras la gente comentaba las posibles causas que provocaron la caída del cartel de El Cordobés, Curro Díaz dictó una lección magistral de como el toreo se convierte en Arte durante apenas diez minutos (las faenas de Curro son breves pero intensas), que a mí me parecieron una sinfonía de movimiento, de luz, de color, de sensibilidad y de temple. El toro en el último tercio era algo soso en su embestida, pero atendía a los toques de Curro y humillaba en su recorrido. Pudimos ver series en redondo con la mano derecha a cámara lenta, enroscándose al animal alrededor de su figura erguida, pases de pecho inmensos, un cambio de mano sublime, iniciado con un pase de pecho por el pitón izquierdo y terminado con un natural desmayado de antología. Hubo una sóla serie con la mano izquierda, por donde el toro tenía menos recorrido; hubo pases con el cuerpo totalmente relajado; hubo molinetes de sabor aflamencado y remató con una estocada de libro. Dos orejas indiscutibles.

En su segundo quedó inédito con el capote. En el tercio de varas el toro se enceló en el caballo y se dejó toda su fuerza en el peto, empujando durante varios minutos. Con la muleta, Curro intentó llevarlo a media altura para que no perdiera las manos, consiguiendo un par de buenas series con mucha voluntad. El toro se paró, agotado, y el matador se pegó un arrimón entre los pitones, jugándose el tipo y llevando al toro por donde quiso, aguantando miradas y parones sin inmutarse y sin levantar las zapatillas de la arena. Un desplante acariciando el pitón de su enemigo fue el epílogo de la faena. Pinchazo en todo lo alto y media mortal de necesidad que tumbó al toro sin puntilla. Oreja.


David Galván brindó su primer toro a Vargas Llosa, pero estoy seguro de que el Premio Nobel se emocionó y sintió la esencia de la tauromaquia viendo torear a Curro Díaz al primero de la tarde."

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